Qué buenos tiempos fueron aquellos comienzos en los que todo era humildad, en los que nos afanábamos por hacer las cosas bien, para hacer hermandad durante todo el año y en los que la imaginación jugaba un papel muy importante en detrimento del poquito dinero del cual disponíamos.
Pero he de decir que el componente humano era de lujo. Todos éramos una piña para sacar adelante una cofradía en pañales, y con lo que todos, absolutamente todos, disfrutábamos y nos sentíamos orgullosos. Recuerdo a Pepe Díaz, a José Castillo, a mi querido Luigy, a Juanjo, Manolo Esparrell, las siempre agradecidas apariciones, cuando podía, de un jovencísimo David Rodríguez Jiménez Muriel, Antonio Gómez y Pepe Gómez (antes de dejar de ser mi hermano cofrade), Juna Luque, Rafa (antes de dejar de decirme "hola" por la calle)... y otros a los cuales olvido porque la memoria no es perfecta y me obliga a dejarme en el tintero a algunos.
Me siento muy orgulloso de aquella época. Fue especialmente fructífera y fundamental para la cofradía, puesto que de aquel gérmen sembrado por todos nosotros surgió un grupo compenetrado y siempre mirando hacia adelante.
Pero, a pesar de todo eso, la cosa empezó, poco a poco a torcerse...
Hubo dos momentos que considero que fueron el comienzo de un fin que, aunque lejano e imprevisible por aquellos tiempos, dieron pie a cambios...
Por un lado nos dejó nuestra cabeza visible, Pepe Díaz, con ese talante conciliador y ese carácter tan cercano y sincero. Fue la piedra angular durante mucho tiempo, siendo el primer Hermano Mayor Honorario de la Cofradía. Sin el, la Hermandad del Perdón habría sido otras muchísimas cosas, pero no lo que fue en su momento. Dios es muy sabio y lo tendrá en su gloria.
La otra pérdida importante fue Jordi. Con 17 años se fue. Nos dejó solos aquí en el mundo. La vida arrebatada de pronto y sin sentido fue un golpe muy duro para todos, del cual intentamos reponernos, incluso en plena feria, momento en el que ocurrió aquel triste acontecimiento.
No quiero dejar de recordar a Pepe, el cofrade que vino de la barriada del puerto que, con su mujer, Marisa, también puso su granito de arena y que, también se fue inesperadamente, por la gracia de Dios, y para desgracia de todos sus amigos.
Desde todos estos tristes momentos, pero sobre todo los dos primeros (puesto que cuando el tercero falleció, la cosa ya estaba mal), todo tomó un cariz distinto, distante, diferente...
