lunes, 3 de marzo de 2008

PREGÓN DE EXALTACIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA DE LA MISERICORDIA 2008

Sublime la noche,
Respira serena,
Despacio la luna,
Despliega su gracia.

Desde la vespertina distancia de mi corazón, rezuma esperanzada la ilusión de contemplar tus lágrimas cristalizando el tiempo, y mojando las almas errantes en el mundo de la realidad áspera y material, donde una bella sonata revestida de soneto perfectamente inmaculado, respira misericordia en cada confín hecho sendero sinuoso que conduce a mi ser, en tu búsqueda, Reina de amor cubierta de estrellas que resuenan en la noche adulando tu simpar figura, y tu incomparable individualidad infinita y distinta de todo ser nacido y conocido. Ven a mí, y envíame un soplo de dulzura para cantarte esta noche como tú mereces.

Eminentísimo Señor Consiliario, Señor Presidente de la Agrupación de Hermandades y Cofradías de Motril, Señor Hermano Mayor, Junta de Gobierno y hermanos de la Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús del Perdón (Jesús Preso), María Santísima de la Misericordia, Nuestra Señora del Carmen y San Juan Evangelista, hermanos y cofrades, amigos todos…

Aquí estoy de nuevo, frente a este atril, que tan familiar me es, y ante este altar que me ha acogido durante tantos años transcurridos en mi vida. Después de este tiempo, el destino caprichoso y enrevesado vuelve a dar otra vuelta de tuerca para postrarme ante vos Padre, y ante vos Señora, y ante los hermanos de los que, durante una parte importante de mi vida, han sido compañeros de viaje y núcleo de mi fuero interno. Los que me conocéis de más tiempo, los que sois mis amigos, o los que sabéis de mi trayectoria, tenéis muy claro que soy un coleccionista de vivencias que gusta compartir con aquellos que desean escuchar. Cuando sellas lazos con tu Hermandad, ocurre algo similar al matrimonio, es para lo bueno y para lo malo, para la salud y la enfermedad, a las duras y a las maduras.

Tus titulares están ahí siempre, contra viento y marea, viendo el discurrir del tiempo y las personas, impasibles a los acontecimientos mundanos que habitan y pasan por el seno de la cofradía, reflexionando sobre lo que ocurre aquí abajo, y emitiendo profundas oraciones al Padre.

La ley pendular se cumple en todos los ámbitos de nuestra existencia. Lo que es blanco se torna negro, lo que va bien, en algún momento va mal, lo correcto incorrecto y lo apropiado, evidentemente, inapropiado. En este grupo de hermanos, las vivencias son de lo más variopintas y diversas. Así ha sido y será por siempre. El testigo de los hechos lo es, precisamente por ser partícipe ocular de lo que ocurre y, de este modo, me considero testigo del transcurrir de esta mi Hermandad. Y en este devenir, he sido testigo de cómo el péndulo se ha balanceado dando en algún que otro momento, certeros golpes, que no de llamador, a las paredes de este grupo humano volcado en su devoción.

Y es que, claro, con todo este tiempo cofrade a mis espaldas, he conocido a mucha gente. Unos perfectamente olvidables, y de cuyo nombre no quiero acordarme, en homenaje a la tierra que ahora me acoge.

De los que sí quiero recordar, la lista se hace grande, y que cuya capacidad es imposible de desplegar en estos momentos. De todos modos recordaré algún que otro a título ejemplificador, que no para destacarlos de los demás.

El primero que me viene a la memoria es Pepe Díaz, co-fundador y pieza clave en los inicios de esta aventura. Seguro que ahora está esbozando una sincera sonrisa al ver que aquello que tuvo a bien el iniciar, sigue en activo y bien viva en la actualidad.

Junto a Pepe, he de recordar, en segundo lugar, al que considero mi padre cofrade de este avatar. Amigo Manolo, sabes que de ti surgió la idea de comenzar a contar conmigo por aquellos tiempos, en los que éramos algo más jóvenes, ¿lo recuerdas? Como bien has dicho en muchas ocasiones, fuiste tú el que me fichaste, lo que te agradeceré siempre, puesto que me diste algo que necesitaba en su momento, y que me hizo feliz durante una época que, mientras duró, marcó un antes y un después en mi desarrollo personal.

A modo de serie de nombres significativos, diré muchos de los que son, aunque quizá no serán todos los que estén. Por ejemplo Pepe Castillo, Paco, Antoñillo y Leo, la familia Urrutia, Juanjo, Mari Cabrera y Mari Jiménez, ay, Maris, ¡que grandes sois las dos!, nuestro añorado Jordi, que hoy anda de capataz de honor del paso de palio junto a Ella y al Padre, José Antonio, que le diste un empujoncito a ésto en el momento adecuado, Antonio Hernández, sabes que siempre aposté por ti y, hoy por hoy, vas teniendo lo que te mereces en todos los sentidos, felicidades, Carlos, gracias por confiar siempre en mí, José, o Uru, como siempre te he conocido, qué buenos tiempos vividos cuando el Incienso y la Cera eran partes indispensables de nuestra conversación cofrade…

Hay otros muchos en la memoria, pero es que es imposible seguir porque si no, estamos aquí hasta el pregón del año que viene.

Pero sí me dejo dos más que siguen caminando en paralelo conmigo y que, cofrádemente hablando, son pilares básicos en mi trayectoria pasada, presente y futura.

Por un lado está mi querido amigo José Antonio Santiago, con el cual llevo dos años disfrutando de la estación penitencial de la Hermandad, pero toda una vida de andanzas personales y cofrades, y con el cual he descubierto que la amistad está más allá de la distancia, de la propia persona y de las inclemencias de la vida. José, prepárate, porque pienso que tú vas a estar aquí, donde estoy yo, muy pronto, porque te lo mereces, porque quieres, y porque puedes… Gracias.

Y por otro lado, tengo que hacer referencia a David Rodríguez Jiménez Muriel.

Sería un poco absurdo hablar en este foro de David. Diría cosas que ya todos sabéis. Así que dejaré hablar a mi corazón. David, lo primero es darte las gracias por haber escogido voluntariamente un hueco para acompañarme esta noche, para presentarme como lo has hecho, y por compartir conmigo la alegría de tu corazón cuando te comuniqué la noticia de mi selección para exaltar a la Madre en este año.

Y lo segundo que quiere decirte éste que te habla, mi corazón, es que, a pesar de la lejanía, a pesar de que nuestras vidas discurren por caminos individuales y distintos por las circunstancias de la vida, quiero que sepas que siempre siempre me alegraré de verte, siempre siempre será un honor enriquecerme con tu verbo, con tu voz y con tus ideas enloquecidamente ordenadas y simpares a la vez, y que siempre siempre, y repito a propósito y porque quiero enfatizarlo muy bien, siempre siempre serás mi amigo, estemos donde estemos y aunque, como últimamente por desgracia, nos veamos pocos días al año.

Por suerte, he tenido la fortuna de poder haberte acompañado, Madre, desde que Ventura tuvo la santa y exquisita inspiración de inventarte un día en el que nada más bonito pudo crearse.

¿Qué ocurrió aquella jornada, maestro Ventura, para que los querubines bajasen del cielo a insuflar tu gubia, y que descubriese de una noble madera a la Excelsa Madre de Dios dibujada con la gracia del Altísimo y regada con el suspiro de la hermosura hecha milagro?

¿Qué paso aquel día, Ventura, para tener la ventura de soñar a la máxima belleza en estado puro, para que brotase de tu imaginación lo nunca imaginado, lo nunca sentido ni tan siquiera pensado por ningún mortal?

Un soplo de bendita brisa divina recorría aquella ma´ñana las calles con arte de una Sevilla que iba a ser testigo del nacimiento de una Reina guapa y motrileña, fruto de tu pensamiento hondo y claro.

Buenaventura en Sevilla,
Flor de azahar derramada,
En el día escogido
En que la gubia inmaculada
Desató su imaginería,
Y retrató con filigrana
El más bello rostro de María.

Seguro que tu descubridor,
Al ver tus ojos Señora,
Se hizo un nudo en la garganta,
Y le tembló el corazón y el alma.

Milagro en la ciudad del incienso,
Un ángel descendió de los cielos
Para regalarte el más lindo sueño,
A ti, Ventura, maestro.

Quiero decirte tantas cosas,
Amada Estrella encumbrada,
Que el verbo se convierte en nana
Para mecerte y acunarte,
Para regalarte la flor que engalana,
Que viste de dulzura y filigrana,
Tu figura de gracia y donaire.

Mira que ojos,
Mira que cara,
Mira que lágrimas
Cargadas de amor y plata,
Plata de luna lunera,
Luna de luz iluminada,
Requiebro de llanto ahogado
Por el canto suplicante de una madre,
Rezumada en el sufrir y la pena,
Viendo que al fruto de su entraña
Le azotan la vida arrebatada.

Y vuelan piropos al aire,
Y viajan por el tiempo y el arte,
Porque todos quieren regalarte,
Misericordia de amor prendada,
El más bello de los presentes,
Alma, vida y corazón,
Misericordia de Dios imaginada.

Mi memoria quiere ahora viajar en el tiempo para retomar recuerdos pretéritos en los que un Martes Santo amaneció llorando de pena, con gotas de lluvia disfrazando la mañana de insegura palabra acongojada, y de duda simulando tristeza y desconsuelo al mismo tiempo.

Y ahí anda nuestra Madre bajo el toldo que le ha dado cobijo durante muchos años, en el pequeño patio anexo a la Iglesia, y como único cielo una tela que esconde huecos, orificios y descubiertos preocupantes a todas luces, en caso de arreciar el amenazante líquido elemento.

Y aquel martes arreció, y vaya si arreció. La llantina celestial fue inconmensurable, y la preocupación se tornó en seria advertencia de que algo grave podría suceder a la Señora.
Pero, afortunadamente, y como milagroso acontecimiento, todo se solucionó. La Madre recibió la cuna de la Casa de Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de la Esperanza.

El acto de hermanamiento de aquella mañana será recordado en la historia cofrade reciente. Pero, en el trasfondo de aquel hecho, se esconde otro aún más extraordinario y singular. Jesús Nazareno conversó aquella noche con la Reina Misericordia.

- Madre, soy al que llaman el Nazareno, tu Hijo.
- Buenas noches, amor de mi corazón.
- Mañana va a despertar nublada la jornada, Madre, y es muy seguro que las nubes descarguen en torno al Ángelus.
- Pues mis hermanos cofrades, Hijo mío, me resguardan bajo esta humilde tela con todo su buen hacer, pero insuficiente para evitar que el palio y mi faz puedan mojarse.
- Ya lo veo, Querida Señora, pero no sufras más, porque lo he previsto todo. Sólo un poco me tendrás que ayudar.
- Pues dime, Hijo de Dios en la Tierra, Rey del amor, qué debo hacer para este desaguisado arreglar.
- Comunicarte con los hijos de tu Hermandad deberás, y entre sueños le dirás, que el Nazareno y la Esperanza te van a aguardar con el corazón y las puertas abiertas para ti. De hablar con ellos ya me encargo yo.
- Qué bello acto de amor, Hijo mío. Gracias siempre por este gesto que perdurará eternamente en este grupo de hermanos. Descansa, Hijo, y que la luz de la luna te meza en tu regazo.
Y así se gestó el sucedido que será contado generación tras generación, y que acercó las devociones hasta el punto de mezclarse armoniosamente y con respeto gozo y sentimiento desbordado.

Un Martes Santo,
Allende los años,
Un Martes Santo
Con el cielo llorando.
Divino Martes Santo,
Que produjo el milagro,
De unir con lazos de hermanos,
Cofradías y cofrades,
Misterios y palios.
Confundiose Perdón y Nazareno,
Misericordia y Esperanza,
Fundiéndose en un abrazo
En mitad de la Calle las Cañas.
Mientras levantaba la mirada,
La Dulzura del Martes Santo,
Hacia el palio de nubes
Que acechaba su regazo,
Le ofrecía su cariño,
La Señora Jueves Santo,
Que rebosante de alegría,
Le ofreció su Santo Manto.

Milagro en la Calle las Cañas,
Luz, amor, señorío y magia,
Porque juntas durmieron aquel día,
Las dos Reinas más hermosas,
Las dos Madres llenas de gracia,
Misericordia y Esperanza.

El fajín está perfectamente doblado a los pies de la cama, tratado con mimo y cariño, como si de frágil vidrio se tratara. El costal, a su lado, dibujando un rayo de ilusión e inquietud que tiembla de emoción ante la larga espera que, a pesar de ser ya sólo unas horas las que quedan, se torna en interminable camino hacia la meta soñada.

El costalero tiene el gesto serio, contenido, entre gozo y responsabilidad, sensibilidad y nerviosismo.

Ante el cuadro de su Madre celestial, presidiendo su dormitorio, dobla una rodilla y eleva su mirada, lentamente y con respeto, hacia los ojos misericordes de la bendita imagen que tanto bien le ha concedido.

La contempla durante unos momentos, recreándose en su belleza, en su paz, en su calma, en su arte y en su donaire. Y comienza a orar profundo, interiorizando alma y corazón.

Zapatillas arrastradas,
En alquitranados senderos,
Por donde la Señora discurre,
Con sutil gracejo,
Almas que lloran lágrimas como Tú,
Madre,
Pero las suyas son de gozo al sentirse tan a tu lado.

En silencio y despacio,
Saboreo los vocablos,
Que florecen de mi boca,
Y germinan en mi alma.
Suena el susurro solitario
De un corazón agarrotado,
Espectante y consolado,
Porque tiene la ventura,
De llevar con gozo tu carga.
¡Ay Flor por siempre Coronada!,
Por pinreles de alabanza,
Al son de tu palio engalanado
Y de varales de templanza.
¡Ay, dulce lucero inmaculado!,
¿Cuántos son los afortunados
De mecerte y de llevarte,
Con cadencia y con agrado,
Con donaire embelesado,
Y con ribetes de milagro?

Y si mi vida dejase de vivir en mí,
Y estuviere aún falto,
De mecerte y de llevarte,
Y cantarte bajo tu manto,
Pediría que en las alturas,
Que Jesús, Dios, o alguien al mando,
Que por favor me nombrasen de seguida,
Costalero del Martes Santo.

Requiebra la noche el sonido de la ilusionante espera que amanece en todo buen cofrade al alba del Martes Santo. Cuando el astro rey despunta sus primeros lazos de luz, todo se torna en sana inquietud dulcificada con la impronta certeza de que algo extraordinario sucediere al doblar la tarde hacia el ocaso.

Corazón cofrade inquieto y nervioso, anhelando la llegada de un luminoso momento que inundará su alma de un sutil gozo que resuena a emoción contenida en su interior. Todo en ese día se vuelve inesperado, pues es una jornada distinta, con sones de corneta mecidos por el viento y aires de luz pura entroncada en candelería de estrellas graciosamente balbuceantes, que bailan al ritmo de la brisa misericorde, única y exclusiva en la Semana Santa, y germinada en los suspiros que vuelan al cielo cuando ven a la Madre pasar.

Repiqueteo de timbales tronando al son de las errantes almas que arrastran sus mortales vestimentas de piel y huesos, desgastando el frío asfalto, buscando una luz convertida en Misericorde acto del amor de Dios a los hombres.

Corazones difusos y confundidos tras la pista de alguna luz que ilumine su devenir incierto, extraño trasiego de unos y otros hacia ninguna parte, con rumbo ciego e indeterminado, sin meta conocida ni trazada.

Pero entonces nace la magia como surgida del más bello cuento, cubierta del manto del color de la pureza infinita, y desplegada con todo su esplendor a lo largo de la calle Cañas. Grácil imagen elevada a las alturas, sutil estampa celestial descendida de las estrellas para regar las calles de dulces ráfagas de delicada bondad.

Suave y sinuoso susurro de hermosura arropado por la merced de tu donaire y de tu bendita y bienaventurada efigie.

El cañón de resplandor que emana del Carmen anega todo el tradicional y añoso barrio de las Angustias.

Habitantes y esporádicos recorren callejas y rincones a la búsqueda del cristalino reflejo de una lágrima de amor y pena resbalando por la infinita llanura de tu excelso rostro.


Motril destila poesía
Al ver tu Soberana figura,
Nube de algodón convertida en dulce faz,
Doliente doncella delicada,
Filigrana de pureza
Contenida en linda gracia,
Esperanza de las almas
Y pincel de querubines,
Santa Madre de Dios,
Que das al techo del cielo
Gracejo y finura,
Lindeza y belleza
Donaire y dulzura.
Paz eterna,
Luz de luna,
Exquisita flor que candor rezuma,
Saeta encumbrada,
Canto amoroso,
Divino lucero,
Lienzo fermoso,
Corazón latiente,
Que clama justicia,
Por ver a su Hijo,
Que sufre amargura,
Reina de las Reinas,
Eterna hermosura,
Primor de los primores,
Altar de floritura,
Eres la Madre de Dios,
Y del corazón nuestro,
De tierra y de mar,
De alma y pensamiento.
Santa Madre Misericordia,
Si fuese barco velero,
Y por tu mar de bondad navegase,
Solo querría llegar a tu cara bonita,
Para poder besarte,
Porque no hay nada más hermoso,
Santa Madre de Dios,
Que contemplar el más bello rostro,
Que nunca un ser humano,
Jamás en su vida haya soñado.

Vuela el verbo enloquecido,
Por quererte a tí cantar,
Las palabras se desbocan,
Deseando a ti alabar,
El aire fluye en un suspiro,
En piropo de azahar,
En gracejo literario,
Que sólo busca agradar.

Y si como Calderón decía,
Que es un sueño nuestra vida,
De este lindo y etéreo sueño,
Yo no quiero despertar,
Para contemplarte cada día,
Y poderte disfrutar,
Luz, lucero y excelsa guía
De nuestro aciago caminar,
Y que hasta el fin de mis días,
Contigo siempre pueda estar,
Misericordia Reina y Majestad.

He dicho
Jesús Ortiz Fuentes, 23 de febrero de 2008, Iglesia de Nuestra Señora del Carmen (Motril)

2 comentarios:

Fermín Iván dijo...

Es mucho lo que se puede decir, pero el espacio es mínimo.
Felicidades por tu pregón; pero más que por tu pregón, por tu dedicación e implicación personal.
Me llena de orgullo que formemos, juntos, el cuerpo de acólitos de tu Cristo. Del nuestro. Espero con ilusión el Martes Santo; porque ese día Todos somos un TODO junto a EL.
Gracias por tu pregón y, por supuesto, por todo lo bueno que aportas.

Un saludo. FERMIN

SinMarcar dijo...

Sé lo mucho que has trabajado en ese texto, y todo lo que has sacrificado por él.
Leyendo palabras tan grandes sin duda ha merecido la pena, felicidades.
Una vez te hablé del valor de algunas palabras, que todas las palabras tienen el mismo valor, lo que importa es el sentimiento, y esas frases que has escrito son todo sentimiento...
Os deseo a todos un feliz tiempo de pasión, muerte y RESURRECCION.