jueves, 7 de mayo de 2009

...Y LLEGÓ LA CALÓ


Tras un mes de abril medio loco, parece que mayo viene con fuerza, atacando con altas temperaturas y con todo el sol colándose por las rendijas de nuestra vida para aportarnos vitalidad y, como no, esos sudores, más típicos en zonas costeras, como Motril, que en estas zonas castellanas, donde el calor se transforma más en una sensación de agobio y falta de aire de la cual no nos salvamos ni en la sombra. Tengo la inmensa suerte de que la vivienda que poseo aquí es bastante fresca en verano, con lo cual, no sufro demasiado. Pero eso no quita que, cuando salgamos a la calle, el bofetón de calima nos invite a desandar los pasos dados y regresar al frsco refugio de mi hogar.


En Motril, la historia es distinta. Afortunadamente, cuando voy de vacaciones a mi tierra, paro en el hogar de mis padres, el cual dispone de un agradabilísimo aire acondicionado que mantiene el piso fresco, pero sin pasarse. Pero el problema surge cuando hay que salir a la calle. Hoy por hoy, casi cualquier lugar al que vayamos dispone de refrigeración (últimamente, sensiblemente más baja que otros años, dicen que a causa de la crisis y del ahorro energético, lo cual me parece correcto). Pero ese rato en el que hay que caminar, o cometer la locura de coger el coche, que lleva 3 horas en el solarín, ese rato es insufrible. Tu cuerpo comienza a sudar desesperadamente, como respuesta fisiológica que tiene que hidratar la epidermis en respuesta a las altas temperaturas. Notas como la cabeza comienza a humedecerse, y las gotas, o chorros en otras ocasiones, se dejan caer con violencia a lo largo de la frente, mojando toda la cara, colándose en los ojos, con el consiguiente picor que produce dicho hecho. A la camisa o camiseta se le comienzan a aparecer manchitas oscuras que, en principio, no son molestas, pero que son un verdadero engorro a la hora de mostrarlas en público. Todo el mundo suda, pero hay que ver la vergüenza que nos da mostrar los resultados de ese sudor.


Los pies, si no han sido previamente espolvoreados o rociados con algún producto desodorante, comienzan a resbalarse sobre la base de la chancla o sandalia. Si llevamos zapato o deportivas con calcetines, no se resbalan, pero si que notamos esa humedad que aumenta por momentos, y que hace que sintamos que el pie está en un horno, y que de un momento a otro va a acabar cocido. Cuando llegamos a casa y nos quitamos el calzado, se produce uno de los mejores momentos del verano. El pie sale de su cárcel, y ese ensanchamiento virtual que se produce en dicha extremidad, unido a un extraordinario frescor producido por el cambio de temperatura es un verdadero placer.


Otro de los clásicos del verano motrileño son esas noches en las que la brisa marina no es capaz de bajar las temperaturas, y toca noche de vueltas en la cama, de sudar, de buscar la ráfaga del ventilador, a ver si suple un poquito ese sufrimiento inmundo, que culmina al despertar, con la cabeza apoyada en algo que, al acostarnos era una almohada, y que se ha convertido en un charco sobre la cama.


Ha llegado la caló con todas sus consecuencias... Ventiladores a toda potencia, noches sin dormir, pies ahogados, el asqueroso sudorcito que nos acompaña todos esos meses, las terracitas de los bares donde ni siquiera allí corre una mísera brisilla de mar que nos salve por unos instantes del tremendo bochorno que ya se está empezando a instalar sobre nuestra ciudad...

1 comentario:

tumbaiyo dijo...

Señor Jesús donde se mete usted???