jueves, 17 de abril de 2008

LOS NIÑOS DEL ARTE

El pasado Domingo de Ramos tuvimos la posibilidad de disfrutar de la gracia en estado puro a través del inconmensurable trabajo de los "niños del arte". Nuestra Señora del Rosario fue acompañada por un grupo de corazones que botaban de alegría al tenerte sobre sus hombros, al cargar con tu excelso amor por las calles costeras de nuestra ciudad. En cualquier esquina, en cualquier recobeco, en cualquier lugar era una delicia contemplar cómo los costaleros del paso de palio eran capaces de deleitar a diestro y siniestro, a izquierda y derecha, sin tener ni un momento de respiro, ni dar permiso a que la monotonía o la rutina se apoderase del momento.
Es la constatación de la fe, es la demostración fehaciente de cómo el alma humana es capaz de sentir hasta extremos en los que la felicidad se cruza con el amor y se cruza con la emoción y se cruza con un trabajo bien hecho en pos de lo que se siente y rebosando sensibilidad por los cuatro costados, destilando belleza en cada paso, en cada mecida, en cada giro.
Recuerdo cómo las cabezas se elevaban con respeto hacia Ella, y al mismo tiempo compartían desde su interior la oración mariana que, de repente surgía de entre los respiraderos como el más celestial coro de querubines entonando desde lo más profundo su amor a la Madre.
Enhorabuena, niños del arte. Ya sabéis que os habéis ganado con pulso y con todo el derecho del mundo este cariñoso apelativo que os identifica por encima de todos los demás, que os distingue como la cuadrilla del Domingo de Ramos, la buena gente que es capaz de sacar un paso a la calle, y hacer de ese hecho un exquisito acontecimiento digno de recordar y de refrendar cada uno de los días que restan hasta el próximo Domingo de Palmas, que volvamos a disfrutarla a Ella en simbiótica combinación con vuestro inigualable arte y poderío.

1 comentario:

Fermín Iván dijo...

Es curioso, Jesús. Debajo de esa cuadrilla se mezclan los niños y no tan niños. Obreros, trabajadores, ejecutivos y estudiantes. Gente sin complejos y gente más recatada. Pero cuando se baja el faldón, palpitan como uno solo y de eso DOY FE. Estar allí es una de las mejores experiencias de mi vida. Ojalá siempre estemos allí, pero siempre con la más tremenda de las humildades... El costalero, de verdad, no es más que los demás. Es uno más.